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La parte sumergida del iceberg

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29 January 2020

 

Texto redactado por una trabajadora acompañante de La Méridienne para los doce días de acción 2019, contra las violencias ejercidas sobre las mujeres. Este texto fue publicado en el periódico Entré-Libre.

En Quebec, una docena de mujeres muere cada año a manos de su cónyuge, su novio o su examante. La mayoría de las mujeres y niñas víctimas fueron asesinadas en un entorno familiar y la mitad de ellas experimentaban violencia en su relación.

Las relaciones sentimentales representan un peligro real para la salud y la seguridad de muchas mujeres. ¿Por qué? ¿Por qué la tasa de homicidios conyugales que involucran a una víctima femenina sigue siendo de tres a cuatro veces más alta que la que involucra a una víctima masculina? ¿Por qué tantas mujeres son asesinadas por aquellos que se supone que deben amarlas y protegerlas?

¿Porque son mujeres?

Los titulares que relatan los llamados crímenes pasionales cometidos en el contexto de una relación sentimental que aparecen con inquietante regularidad en los medios de comunicación nos dejan a menudo en la perplejidad. ¿Cómo explicar que un hombre aparentemente completamente normal, funcional y socialmente adaptado pueda llegar a cometer un acto tan terrible? La ausencia de explicación lógica nos lleva a pensar que el autor del asesinato fue víctima de un ataque de locura o perdió el control como consecuencia de faltas graves cometidas por la víctima. De hecho, los asesinatos conyugales denunciados por los medios de comunicación representan solo la ínfima punta del iceberg de un fenómeno mucho más profundo y extendido en nuestra sociedad y que otorga pleno sentido a estos actos de extrema violencia.

Porque ningún amante mata a su mujer, así, de la noche a la mañana, bajo la influencia de la ira o la locura. Ese amante no pierde el control. Lo toma.

Es en la intimidad de los hogares, a salvo de la mirada de los demás, donde se encuentra la parte sumergida del iceberg, una realidad vivida por un número de mujeres difícil de calcular que nunca llegarán a ser titulares de los diarios pero que viven un auténtico calvario cotidiano.

Detrás de cada asesinato se esconde una historia de amor. Efectivamente, sin apego, sin una relación de confianza, ninguna influencia psicológica es posible. Esta influencia, que permite a ciertos miembros de una pareja asegurarse la total disponibilidad del ser querido para satisfacer sus necesidades, se instala paulatinamente en la relación en forma de manipulación, control y desvalorización. Estas violencias, a menudo sutiles, tienen como objetivo desestabilizar y socavar la autonomía, la autoconfianza y la estima personal de la víctima. Con el tiempo, la violencia psicológica sienta las bases de la dominación y abre la puerta a formas cada vez más intensas de abuso (verbal, social, económico, sexual y físico), las que permiten al agresor obtener y mantener su dominio sobre la víctima. Cuando ella se niega, cuestiona o intenta escapar de este control, por ejemplo, queriendo poner fin a la relación, la violencia puede intensificarse hasta el punto de poner en peligro su vida y la de sus allegados.

Seguimos viviendo en un mundo donde la violencia contra las mujeres es una manifestación del poder ejercido por hombres que buscan someterlas, controlarlas o utilizarlas. Aun cuando las mujeres ocupan cada vez más lugar en la vida social y profesional, las relaciones de dominación de los hombres hacia las mujeres continúan causando estragos en las parejas y las familias.

Las desigualdades de poder que existen entre hombres y mujeres en la sociedad se expresan en el ámbito privado, en el seno de muchas parejas. Lo que parece ser un problema aislado, un conflicto conyugal que se ha ido de las manos, es de hecho un conflicto que surge directamente de valores culturales que trivializan la discriminación y las desigualdades entre hombres y mujeres. De hecho, en tanto muchos hombres crean que es legítimo esperar que una mujer satisfaga todas sus necesidades, expectativas y deseos sin tener que considerar los de ella y que muchas mujeres sigan pensando que sus propios deseos y necesidades son menos importantes que los de los demás, la violencia seguirá siendo justificable a sus ojos.

Como sociedad, mientras rechazamos, trivializamos, minimizamos o nos negamos a ver estas desigualdades, estamos contribuyendo a poner en riesgo la vida de las mujeres.

 


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